martes, 21 de junio de 2011

Nunca antitaurino, siempre antitorero

Como en casi todo lugar donde hay un conflicto, todo comienza con una batalla de palabras, una guerra dialéctica en la que las partes toman sus posiciones, se atrincheran y atacan con fuego de mortero ante la opinión del espectador. En este sentido, quería hacer notar que aún desde el búnker de la incorrección nos han bombardeado con el adjetivo calificativo, todos aquellos que están a favor de la tauromaquia han conseguido arrinconar en una posición menos ventajosa a los que se conoce como "antitaurinos". Esto se ve por un lado, en la idea de que los rivales ideológicos, que están en contra de los toros, cuando no es así, de hecho son los toreros quienes están a favor de su tortura y humillación pública. Por otro la idea de ser anti-algo ya da una cierto halo de reaccionario y el corte negativo del término hacen más complicada la idea de adscribirse a la enorme corriente que está contra este escarnio público animal.

Así, las cosas dada la ingente cantidad de horas e información con la que se ha bombardeado desde los medios, y con esa aceptación tácita y expresa de tener la categoría de antitaurino, regalada como un paquete bomba por la otra parte, los auténticos antitaurinos, los maestros de la tortura, no queda más remedio que partir con ese rol inicial, pero sin nunca perder de vista poco a poco que hay que virar el rumbo de esta fragata, hacia una auténtica y real calificación de las palabras. Ahora, es mucho más fácil asociar a un taurino (las personas que están a favor de los toros, no de las corridas, como los ecologistas, veganos, etc,) a lo que el público medio, ese que sólo se nutre de lo que dicen en la tele, vé en los auténticos defensores del toro, una especie de disidencia resistente, molesta, que se cuela en los tranquilos actos del ciudadano para incordiar, para llamar la atención con un fondo teñido de sangre, pero nada más lejos de la realidad.

No hay más intención que concienciar de un problema, que pudiendo ser mayor o menor que otros, cada cual con su escala de valores, es necesario cambiar en una España que a veces esta demasiado clavada en el pasado y tradiciones que debían haber dejado de existir hace mucho tiempo por crueles, anacrónicas y hasta contradictorias con la ley. Porque, ¿justifica una tradición el que aunque esté bien prohibido matar perros, gallos, y cualquier otro animal con ánimo de divertimento y carácter sanguinario, y por contra el toro sea excluido por razón de su raza?

A partir de ahora cambiaré la calificación a la que es la verdadera calificación inicial, lanzada como respuesta inicial e inapelable desde la atalaya del sentido común.

No somos antitaurinos, estamos a favor del toro, somos antitoreros.



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