sábado, 15 de marzo de 2014

Iquique

Dicen que esto de opinar conlleva una gran responsabilidad. Al menos, partiendo de la base de que yo, como ser humano parcialmente consciente y limitado en mi conocimiento, trato de tener en cuenta la premisa de que el acto de opinar, ya es de por sí, una visión parcial de los hechos, la mía personal lo es por igual que la de cualquier otro ciudadano en tanto he nacido y crecido en un lugar determinado con una determinada influencia. Es por eso que el lector avezado mirará con lupa cada palabra, cargada de contenido opinativo que emita.

Se sobreentiende en el tráfico social que los conocimientos y experiencia del opinador son suficiente acreditación para entender como una opinión válida a tener en cuenta. Esta es la primera trampa en la que el lector suele caer ya que a menudo, se elige más al opinador en base a su tendencia o corte político e incluso, por la fama que tenga el personaje en cuestión, que por su propia pericia en el ámbito del que esté hablando, aunque esto de la experiencia sigue siendo por suerte un requisito más o menos vigente.

Partiendo de esta advertencia a modo de inicio, de que no soy un personaje famoso ni selecto y que vivo polarizado por mi origen obrero, así como de mi limitadísimo y parcial conocimiento sobre el conflicto independentista vasco y catalán respecto a la nación a la que ahora pertenecen, toca desgranar cuales son los caballos de batalla que esgrimen estos territorios de forma ostensible y pretenciosa.

En primer lugar son los signos y símbolos de la cultura que se ensalzan, como la lengua cooficial, la bandera y los elementos folclóricos en estos territorios, que siendo más cercanos al corazón eurocéntrico, tienen una cultura más marcada que en el resto del país. 

En segundo lugar los políticos nacionalistas han sabido ver en el descontento popular con la crisis una forma de encauzar ese enfado, rechazo y desafección del pueblo para conseguir poner como cabeza de turco al Gobierno central (exonerándose ellos, o intentado exonerarse de toda culpa) para acercarse más a ese ideal que persiguen, y que, lo tengan o no a mano, usan como arma arrojadiza para obtener más ventajas económicas y fiscales. Es de justicia reconocer que también ellos son de los que más aportan a las arcas estatales.

Como digo, no entiendo cuál es el problema de ser vasco o catalán, porque claro está, yo no lo soy. No sé si serlo supone levantarse cada mañana, como si uno tuviera un problema de almorranas, y hubiera que separar esa parte del cuerpo que te molesta, aunque sangre profusamente, con tal de sentirse liberado.

No sé si se sienten atados por cuerdas invisibles, que se aferran con fuerza a sus brazos, cuellos y gargantas de modo que es el impulso para romper esas ataduras psicológicas, lo que les hace actuar con más vehemencia que de costumbre.

No sé si es el rencor hacia los ataques históricos que sufrieron durante el franquismo -y antes con Prim y Topete- como consecuencia de sus aspiraciones independentistas o simplemente contra su desarrollo cultural, pero sea como fuere, me parece para el uso independentista un argumento desactualizado en tanto en cuanto, primero, toda España sufrió la opresión franquista con mayor o menor virulencia, y por otro, los políticos y militares que atacaron en el pasado, no son los que hoy están ahí, aunque a veces se les parezcan cada vez más terriblemente.

Y es que en otras zonas del país, yo diría casi todas, los rasgos culturales y del territorio se desarrollan con más o menos toda normalidad, sin que sea necesario un ataque bilateral y continuo desde estas zonas, para conseguir rascar con prebendas más beneficios del Gobierno estatal que "les roba".

Por ello creo que todo este movimiento popular in crescendo se debe más a un uso estratégico, inteligente y oportunista de los políticos que abogan por la independencia, para poder seguir manteniendo un modelo de gasto y derroche fiscal, usando la excusa de la libertad de los ciudadanos y sus tierras, mientras éstos siguen más presos que nunca de su propia ignorancia y sus emociones encontradas, lo que en última instancia es la base para controlar a los ciudadanos en todo Estado plutocrático que se precie.